Hace un buen tiempo ya -más del que me gustaría aceptar- que me uní al honorable cuerpo de guías del museo de ciencia y tecnología de la ciudad. Mi primer empleo, siendo ya todo un bachiller, se sentía tan natural y divertido que apenas y lo recuerdo como trabajo. Con ésto de que me gusta inaugurar cosas locas, fui parte de la primera generación de guías para un ambicioso centro educativo del estado con los beneficios (y peligros) que ésto conlleva. Ahí, durante casi un año, tuve la oportunidad de explicar las “instalaciones” de las secciones de astronomía y física. Ante un público itinerante expuse una y otra y otra vez las maravillas del universo y dentro del planetario hablé de las constelaciones hasta estar harto del sonido de mi propia voz. Cuando entré a la universidad los planetas no se alinearon los horarios no fueron conciliables y me vi orillado a dejar el museo.
Haciendo fast forward hasta enero del 2011, nos encontramos en Cancún. No sólo por vacaciones, pues la conferencia de la IEEE acerca de micro y nanotecnología se llevaría a cabo en la paradisíaca sede y yo estaría dando la cara por nuestro equipo de investigación de KAUST al presentar el trabajo de un año en forma de poster. Algún que otro nervio natural se hizo presente, pero después de observar la primer sesión de pósters (que tomó lugar el lunes) era notorio que la cosa era menos “explicación formal y detallada” y más “plática casual con gente que se interesa en algún aspecto de tu proyecto”. Ese martes volví a mis zapatos de guía y, contrario a lo que vaticiné, las visitas no se hicieron esperar. Algunas de ellas tuvieron unas muy cortas pero memorables apariciones que me permitiré relatar a continuación.
- Una simpática mujer rubia de unos 40-45 años se acerca con suma familiaridad al póster, como si ella lo hubiera diseñado, impreso y pegado en su stand. Después de escuchar la explicación en medio de la cual me encontraba se acerco y me dijo en un tono amistoso pero desbordante de autoridad: “Ya leí todo su paper y estoy bastante enterada de lo que trata el proyecto. Se que su diseño funciona así y asá y me pareció bastante ingenioso. Lo único que te voy a pedir es que por favor me mandes ésta imagen (señalando sobre el poster) porque voy a incluir su investigación como material de mi clase y en ningún momento en tu reporte indicaste cómo es la placa de electrodos que usaron. Aquí está mi tarjeta” La mujer se identificó como la Dra. Wallrabe, de la universidad de Freiburg en Alemania. Una semana después me envió la presentación que utilizó en su clase, señalando claramente el lugar donde puso la imagen que le “faltaba”.
- Los japoneses vienen del futuro. Creo que eso ya había quedado claro. Vienen del futuro a enseñarnos como será la vida en aquellos tiempos. Es por eso que a algo que suena tan futurístico como una “convención de micro y nanotecnología” no podrían faltar. Por montones. Es algo que se agradece, pues empecé a pensar que los chinos tenían monopolio en esta clase de cosas dada la elevada cantidad de personal perteneciente a esa nación en los laboratorios de la escuela. Lo curioso es que gracias a su escueto e inescrutable inglés, muchas veces los japoneses (y asíaticos en general) parecen mucho menos listos de lo que realmente son ante el ojo no entrenado. Uno de ellos, professor de la Universidad de Tokyo, se acercó a mi exposición bastante interesado. Siempre es gratificante que alguien se entusiasme por tu trabajo, pero ver a un japonés es un espectáculo completamente distinto. Los “ooohhhhh” y “ahhhh” que emitía a lo largo de la presentación sólo lograron que esos 10 minutos fueran aún más divertidos. A la media hora volvió con un joven a su lado y con la voz más miyaguesca que puedan imaginar me explicó: “El es mi discípulo, y mañana presentará un microrobot con una idea muy similar a la suya”. El joven de actitud muy sencilla y afable extendió su mano y se presentó como Yoshi (si, Yoshi). Resulta que el presentaría en la sesión plenaria y no sólo un póster, por lo que debe dilucidarse que su investigación era de gran relevancia. Y si no lo era, vaya que sonaba a que sí: propulsarían al microrobot usando tejido de corazón de insecto. Ambos se despidieron muy contentos y no los volví a ver sino hasta el día siguiente en el que Yoshi tomaría el estrado.
- Era aproximadamente la mitad de la sesión. Un grupo de personas se había colocado ya frente al poster mientras las explicaciones y preguntas surcaban el aire. Un hombre alto de cabello completamente cano se mostraba más entusiasta que ningún otro de los participantes, pero no hacía muchas preguntas. Sólo se veía muy contento al oír el principio bajo el cual funciona nuestro proyecto y las propuestas que nuestro equipo arrojaba. Al “teminar” esa ronda de explicaciones tomó la palabra, con una honesta sonrisa en su rostro: “Sabes, un colega y yo hace poco más de 20 años creamos ese principio de operación. Me da mucho gusto ver que hay gente joven dándole nuevos giros a nuestra investigación”. En ese instante me contagió un poco de su alegría. Se despidió con una última encomienda: “Sólo asegúrate de encontrarle una buena aplicación, esa fue siempre nuestra mayor dificultad”. En mi humilde opinión, por más bello que sea un principio científico carece de vida si no puede encontrársele utilidad en la realidad. Creo que ese hombre comparte mi perspectiva.
Ese día fué el que transcurrió con mayor rapidez de entre todos los de la semana de conferencia. Bien valió la pena repetir la misma cantaleta (en versiones ligeramente disímiles) más de 20 veces y el ligero cansancio de estar parado junto al poster durante toda la sesión. Otra de esas experiencias muy sui generis en las que Dios me ha permitido estar y por las cuales le estoy muy agradecido.
La próxima vez que vaya a Chihuahua consideraré hacerles una visita en el museo. Seguro ya no hay nadie de mi generación, pero eso no le impedirá a mi nostálgico cerebro pasarse un buen rato.






