Estaba en quinto grado de primaria. Los cuatro amigos nos juntábamos seguido, después de clases, con cualquier excusa pero casi siempre el mismo fin: horas y horas de videojuegos. A veces había un trabajo en equipo, un proyecto o un examen estorbando, pero nunca con la suficiente fuerza ni por el suficiente tiempo para evitarnos disfrutar de nuestro pasatiempo favorito. Uno de ellos, Ricardo, era el que fungía como el connoiseur, el que se las sabía de todas todas: todos los fatalities, todas las estrellas de Mario 64, todos los tesoros del Kirby Super Star. Como buen niño de la era pre-internetiana, también tenía su buena dotación de mentiras e inventos propios imposibles de probar por su grado de obscuridad y que nosotros creímos por un rato y después decidimos escuchar sólo por diversión (en serio, hasta le tendimos una trampa en algún momento para hacerlo caer en su propio juego… ahh, good times).
A pesar de su escasa credibilidad, ese sujeto fué una muy buena influencia para mi acervo de videojugador. Tenía un excelente gusto en RPGs: gracias a él conocí a Super Mario RPG, Earthbound (del cual no sólo poseía una copia, sino también la increíble guía del jugador que por todo un verano me prestara a cambio de Star Fox) y otros tantos. Entre ellos, el que le tengo más agradecido sin duda es The Legend Of Zelda: A Link to the Past. Uno de mis juegos mas ultrarequeterecontra favoritos de toda la vida (cosa que ya he dejado en claro en alguna otra ocasión). Ese nunca me lo prestó, sin embargo, porque siempre estaba en manos de algun otro de nuestros amigos.
Nos lo presentó como “La leyenda de Zelda y Link, que pasaba” y en nuestro total desconocimiento del idioma anglosajón esa fué otra de sus clásicas mentiras que optamos por creer. Después de jugarlo por primera vez en casa de alguno de nosotros, no podía quedarme tranquilo y esperar indefinidamente hasta que a alguien se le ocurriera que era mi turno de tenerlo. Ese juego pintaba demasiado bueno y yo tenía que tenerlo YA. Las finanzas familiares, sin embargo, decían otra cosa muy distinta.
Con la nueva hermanita y la bella situación económica del méxico post-salinista, la liquidez no era precisamente algo característico en nuestro hogar y mi querida madre, con su sutileza acostumbrada, se limitó a un
Hasta crees que te lo voy a comprar. Si mucho te lo rento en BlockBuster
Pronto se arrepentiría de esas palabras. A Link to the Past no es precisamente el juego más sencillo que un niño de 10 años pueda resolver por su cuenta en una sóla sesión. Nada mejora aventurarse en él sin conocimiento previo alguno. Sobra un poco mencionar, pues, que no fue una ni dos ni tres las ocasiones en las que mi mamá tuvo que rentar el dichoso juego. Recuerdo haberme trabado horriblemente justo antes del tercer calabozo, cuando debes viajar al mundo oscuro por primera vez. Convertido en un conejo disfrazado e inútil, no tenía la más mínima idea de cómo progresar ni que el acertijo estaba únicamente basado en la colocación del portal que te regresaría al mundo de la luz. Desesperado, durante la última noche del periodo de renta correspondiente, me puse a ir y regresar a la realidad oscura sin ton ni son hasta que accidentalmente terminé en la parte de arriba de la montaña, en la posición que necesitaba desde hace unas 5 horas. Con un renovado espíritu de aventura, era obvio que una renta subsequente había de presentarse, y otra, y otra más. Entre dichas rentas, aprovechaba mi enriquecedor tiempo escolar para discutir con los amigos del juego y escuchar a Ricardo hablar de los medallones mágicos y del impresionante poder de Bombos (el cual para mi sorpresa si existía).
Después de una buena cooperación con nuestra sucursal de Blockbuster de preferencia (al respecto de lo cual mi mamá aceptara que a ese punto hubiera sido mejor SI comprar el juego), la aventura de Link en Hyrule llegó a su épico fin. No se escatimaron recursos: llegué con las cuatro botellas, la espada dorada, las magias, los bastones y casi todos los corazones. Aún así no fue tan fácil derrotar a Ganon, pero salí victorioso. Desde ese entonces he tratado de no dejar pasar ningun título de la saga y hasta el día de hoy no me ha decepcionado.
Espero poder hacerme muy pronto de Skyward Sword, el nuevo título – del cual la crítica habla maravillas – que oportunamente llega como celebración de los 25 años de un legado que ha influenciado el mundo de los videojuegos como muy pocos. Pero esa, como dijo la nana goya, será otra historia.