[Mis honorables respetos a quienes decidan leer el post completo. Es MUY largo para ser entrada de blog y muy corto para pertenecer a las páginas de un libro, pero estoy casi seguro que les va a gustar pues puse mucho corazón en él. Espero con ésto resarcir un poco la escasez de entradas nuevas en la que mis mútiples viajes me han metido]
Como casi todas las buenas historias, ésta comienza en Paris. Hicimos escala en la ciudad luz para intentar hacer todo lo francés que se puede hacer en un sólo día (al menos los cuatro pequeños ingenuos del contingente que no conocíamos la bella capital). Desayunamos una baguette y visitamos Notre Dame. Tuvimos la maravillosa idea de atravesar un nevado Les Tulleries (fué ahí donde destruí mis pantalones, pues llevaba unos que me quedan largos y entre la nieve y las piedras no hubo compasión para con ellos) para llegar hasta el Louvre. Fué ahí donde la erradicación de la noción del tiempo que el reino ha impartido sobre nuestras mentes hizo su terrible efecto: para nuestra sorpresa era martes y ese es precisamente el día en que el afamado centro cultural no abre sus puertas. Le dijimos adiós a la pirámide de cristal y nos dirigimos un tanto desilusionados a la casa del impresionismo, el museo D´Orsay. Unas dos horas pasamos entre el autoretrato de Van Gogh, las bailarinas de Degá y las catedrales de Monet antes de que nos diera hambre. Buscando algún buen brasserie nos encontramos con un lugar que por 10 euros nos sirvió un Kish de papas, un chocolát chaude y unas deliciosas crepas de crema de avellana. Al terminar, la plaza de la concordia era el siguiente destino.
Hace poco menos de un mes habíamos visitado Egipto y en Luxor, la bien llamada ciudad de los palacios, nos contaron una interesante historia. Allí donde el mismísimo Napoleón se maravillara ante los veinte siglos de historia que contemplaba a su ejército fuimos testigos de la admiración (culminada en muchas ocasiones con un hurto descarado) que los franceses tienen por la cultura. En un gesto diplomático pero ignorante el gobernador de Egipto regaló al pueblo francés uno de los obeliscos del templo de Karnak (el más grande centro de culto del antiguo Egipto), dejando tan sólo como evidencia la desfigurada base en la que originalmente se posaba el enorme monolito. Su nuevo hogar: la antesala de Champs Ellises. Un nuevo pilar le sostenía, con inscripciones en latín y diagramas al estilo jeroglífico del proceso de su traslado hasta ese punto. Después de corroborar la versión de nuestro guía egipcio nos dirigimos hacia el arco del triunfo, atravesando la afamada avenida.
El paseo de los campos elíseos debe ser muy bello en cualquier temporada, pero pocas han de ser las que superen cómo luce en vísperas de Navidad. Todas las imágenes estaban llenas de destellos, todos los árboles goteaban luz. En su afán por ser la ciudad más cosmopolita del mundo invitó a muchos países a hacer una muestra representativa en locales de lo más adornado. Ahí convivían las pashminas árabes con las cervezas alemanas, el chocolate suizo con las cobijas canadienses. Disfrutamos de un vaso de vino caliente con especias mientras nos asombraba un juguetero o nos cautivaba por efímeros instantes alguna de las chicas del puesto de crepas. Pasando la casa de Ópera la feria cedió paso a las grandes marcas y para cuando Cartier, Peugeot y MontBlanc se apoderaron del paisaje el arco del triunfo estaba a unos cuantos metros.
Imponente como siempre lo pintan, el homenaje al ejército del gran corso se hizo presente. Cruzamos el puente subterráneo que lleva a él y pudimos tocar una vez más un pedazo de historia con nuestras propias manos. Una escolta realizaba en su interior cierto evento marcial que no alcanzamos a decifrar, por lo que no le dimos la menor importancia y partimos pronto para alcanzar a ver la Torre Eiffel antes que llegara la hora en la que habríamos de reunirnos con el resto del grupo.
Encontrarnos con el coloso de acero fue espectacular. Lo vimos a lo lejos desde que llegamos al obelisco, pero una cosa muy diferente es estar al pie de la obra que lidereara Eiffel y que ahora sirve como punto más icónico de la metrópoli. Deslumbrados por la singular pieza de ingeniería y arte que ante nosotros estaba, nos ganó el impulso y decidimos tomar el elevador hasta la punta, culminando con eso nuestra “lista no-oficial de cosas parisinas que hacer si sólo dispones de 24 horas”. 24 horas, eso creíamos.
Después de cenar crepas flameadas en alguna crepería de St. Michelle nos retiramos al modesto hostal en que nos hospedábamos, ubicado en la plaza de la república. Un taxi nos recogería a las 10 de la mañana del día siguiente, 23 de diciembre, pues nuestro vuelo partía a la 1:40 y debíamos de llegar con suficiente tiempo para hacer el chequeo de maletas y el abordaje. Ni bien alcanzamos a desayunar un pain au chocolát cuando ya estábamos en Charles de Gaulle. La locura nos aguardaba allí, con sus garras bien afiladas.
Haciendo la fila discutíamos la posibilidad de darle al responsable en la taquilla todos nuestros pasaportes al mismo tiempo para que en la asignación de los asientos quedáramos juntos. Cual fué nuestra sorpresa cuando no dijo un altanero agente de Air France que quedaríamos separados no sólo por los asientos, sino por la mismísima posibilidad de volar ese mismo día. El vuelo se había sobrevendido debido a la nieve que unos días antes causó varios estragos en el programa del aeropuerto y los pasajeros de esos vuelos perdidos ahora llenaban el nuestro, dejando a sólo 3 de 14 de nosotros con asiento asegurado. Los demás fuimos asignados a una lista de espera, en caso de que los lugares no fueran ocupados en su totalidad. Sin ninguna garantía ni promesa más que la de volver a las 12:40 para saber que fue de nuestros lugares nos quedamos ahí esperando, aunque no por mucho tiempo. Al preguntarle por nuestro equipaje a otro agente (mucho más amable que el primero) nos indicó que aquellos que teníamos conexión a un vuelo posterior al que llegaba a la Ciudad de México teníamos más prioridad de ser elegidos, así que rápidamente nos guió a documentar las maletas a los 3 cuates de provincia que ahí nos encontrábamos y corrimos al chequeo de pasaportes para poder alcanzar la puerta de abordaje, después de los buenos deseos y los abrazos dados rápidamente (pero no por eso menos sentidos) a nuestros amigos del DF. Justo cuando estábamos cruzando nos acordamos: ¿Y Chava? El muchachito tapatío estaba haciendo fila en algún otro lugar y no se enteró de la oportunidad. Sin embargo, la velocidad sobrehumana que años de entrenamiento de basquetbol le han otorgado le permitió llegar con nosotros a la puerta una vez que le avisaron.
Inútilmente, pues los lugares nunca se abrieron. El abordaje se retrasó por dos horas que nos parecieron semanas, puesto que mas vuelos se encontraban en las mismas condiciones y aún no llegaban grupos importantes de personas que abordarían la nave de Air France, Uno a uno fueron arrivando y para los buenos chicos KAUST y demás habitantes de la lista de espera sólo hubo un “lo sentimos”. Bueno, hubo muchas cosas pero lo que realmente pesaba era la impotencia de ver partir el vuelo que debía llevarnos a casa. Pasada la conmoción, recibimos el premio de consolación que en estas ocasiones se acostumbra otorgar a los afectados: un reembolso monetario, una noche en uno de los hoteles cercanos al aeropuerto y una nueva asignación de vuelo.
Octavio, Salvador, Priscila y Mercedes, una chica que conocimos en la linea de reclamación, recibieron sus pases de abordar con destino a Tenochtitlán para el día siguiente, con sus respectivas conexiones posteriores. Mi reasignación, sin embargo, fue un caso aparte. Por alguna razón desconocida los vuelos entre Chihuahua y la capital se cancelaron el 24 y mi única opción se redujo a tomar tres vuelos por la unión americana: París-Atlanta, Atlanta-Dallas, Dallas-Chihuahua. Tres vuelos en conexión durante navidad nunca serán una buena idea.
Haciendo gala de mi escaso pero existente sentido común pedí el cambio de uno de los vuelos por otro que al menos me diera dos horas para trasbordar, aunque la ruta siguió siendo la misma. Me quedé muy contento con mi itinerario en mano, casi tanto como Mercedes con sus 600 euros de reembolso. Nos fuimos a comer, a relajarnos un poco después de todo el estrés de la jornada y a cobrar, para terminar en el hotel (donde estaban los demás chavos). Dormimos, cenamos y platicamos con Mercedes y Rafael (otro añadido en el camino) del irreal mundo tragicómico de KAUST, del medio oriente y demás conversaciones de turistas atrapados. A través de ellas fué divertido comprobar que, tal como lo percibió antes uno de los muchachos, nos estamos convirtiendo gradualmente en “personas interesantes”.
Muy temprano el día 24 agotamos nuestra última comida gratis y nos fuimos al aeropuerto con tres horas de anticipación para que esta vez no hubiera contingencias. Nos despedimos en las correspondientes puertas, esperando lo mejor para cada quién. Por primera vez en el viaje estaba sólo, pero no es una sensación que me agobie. En el último año he desarrollado un estado de alerta casi felino que me hace ser una persona mucho más concentrada y auto-suficiente cuando se necesita, al contrario de lo que cualquiera que me conozca podría esperar. Además me da tiempo para pensar, para hablar con Dios, para poner mi cerebro un poco en orden. Y valla que tendría tiempo de hacerlo ese día, ya que gracias a las maravillas del mundo moderno y los husos horarios duró 36 horas en lugar de las acostumbradas 24.
Las cosas comenzaron mal en Paris. Y debido al clima para variar. El primer vuelo se atrasó una hora, lo cual no hubiera sido nada grave a no ser por que el siguiente país a cruzar serían los Estados Unidos. Una larga fila de ingreso al país amenazaba con acabar con mis nervios y con mi tiempo para buscar mi pasaje, pasarlo por aduana, volverlo a documentar y abordar el siguiente avión. Crucé el chequeo de pasaportes a las 4:30. Mi vuelo salía a las 4:30.
Salí corriendo al área de reclamo de equipaje para descubrir que no estaba el mío. Lo supuse, con todos los cambios y cancelaciones, así que me resigné y me dirigí a la sección de vuelos en conexión. Ya a punto de salir una amable señora del aeropuerto me preguntó porque no llevaba maletas. Tras oír mi respuesta me dijo:
- A dónde vuelas?
- A Chihuahua, México
- Ah México? Esas no las tienes que recoger, se van directo al siguiente vuelo
Con algo de alivio y un poco más de prisa salí corriendo a buscar mi nuevo vuelo. Aún estaba en las pantallas y salía de la terminal A. Yo estaba en la E, del otro lado del aeropuerto, pero no me tomó más de 7 minutos en tren y 5 corriendo para alcanzar a ver que ese vuelo también estaba atrasado, lo cual por primera vez trabajaba a mi favor. Puede decirse que sólo una vez al año cae una tormenta de nieve en Dallas, y la del 2009 decidió caer en nochebuena. Despegamos a las 6, lo cual calculé me daría 20 minutos para trasbordar en la “gran D”. No fueron necesarios tales cálculos.
Tras media hora de circundar el turbulento cielo del hogar de los vaqueros, la piloto nos dió el funesto anuncio:
-Sé que todos queríamos aterrizar en Dallas, pero la noche de hoy nadie podrá hacerlo. Las pistas han sido clausuradas por congelamiento y el combustible se agota, por lo que debemos desviarnos a Austin.
La noticia cayó como plomo. El silencio, el descontento y la impotencia eran tan densos que se podían respirar. Yo sólo pude orar, pero no supe ni que pedirle a Dios. ¿Que lleguemos a Austin? ¿Que se componga el clima en Dallas? Ver a todos hablando por teléfono para avisar a sus familias mientras que el mío y su cargador europeo no funcionan aquí no mejoraba la situación. Que se haga tu voluntad. La oración más sabia y sin embargo la más olvidada. Ese día la hice más sincera que nunca porque, al final de cuentas, en mi poder no estaba ya nada.
Llegamos una hora después a Austin, pero el aeropuerto no podía recibirnos más allá del aterrizaje. No estaba permitido bajar de la aeronave y la piloto no podía volar después de cierto tiempo por cuestiones de contrato. Media hora después surgió la solución: podían recargarnos de combustible y si partíamos de inmediato la capitana podría llevarnos a las recién reabiertas pistas de Dallas. Las personas aplaudieron y la sonrisa volvió a sus rostros. Yo me alegré por ellos, pero mi caso distaba de ser el mismo.
Llegamos al aeropuerto por fin a las 10:30 de la noche, la hora a la que se supone debía estar llegando a Chihuahua. En ese momento avisarle a mi familia era mi más alta prioridad y me bajé sólo tras escuchar que el equipaje podría ser recogido en el área 15 de la terminal E. Me preocupó muy poco pues yo ya había dado por perdida esa maleta desde hace un buen tiempo. Encontré las tarjetas de teléfono más caras de mi vida a unos cuantos metros y llamé por 8 minutos para corroborar mi status de vivito y coleando. Esa llamada fué el parteaguas de la noche.
Oír la voz de mi familia y asegurarles que estaba bien cambió la perspectiva de todo. Desperté del letargo emocional que el último vuelo me causó, retiré las tropas y conté las pérdidas. Era obvio que no alcanzaría a llegar a Chihuahua esa noche. Si no encontraba hospedaje en el hotel del aeropuerto podría quedarme a dormir en una de las salas, no sería la primera vez. Gracias a Dios el dinero no era problema entre el reembolso del Air France y la beca del tío Abdullah. Muy temprano el 25 me levantaría y compraría un boleto a algún lugar más cercano, como El Paso, para que mi familia pasara por mí.
En ese momento sólo la sed me molestaba. Traté de comprar algo en las máquinas pero no aceptaban billetes de más de cinco dólares y el cajero no daba de menos de 20. Le pregunté a un hombre que se encontraba cerca si tenía cambio. Me dijo que lamentablemente no. Después de unos instantes preguntó:
-Que pensabas comprar?
-Un agua o algo para tomar.
Puso dos monedas en la máquina y me dijo:
-Feliz navidad muchacho.
Tanto el hotel del aeropuerto como las taquillas de la aerolínea que se supone debió haberme llevado a Chihuahua (American Airlines) se encontraban en la terminal D. Se necesitaba tomar un autobús para llegar a la misma, pues el tren cesó su funcionamiento esa noche. Después de dar una infructuosa vuelta al área de reclamo de equipaje salí del edificio y me di cuenta el porqué la situación de los vuelos estaba tan mal. El frío era terrible y aún cuando ya no nevaba en el piso seguía esa letalmente sutil capa de hielo que no se lleva bien con las llantas de un tren de aterrizaje o un par de zapatos Converse. Entre resbalones llegué a donde estaba el autobús, pero algo me dijo que debía checar la siguiente área de maletas. Según mis vagos recuerdos de las últimas instrucciones de la tripulación era esa donde las maletas de nuestro vuelo aparecerían y no en la anterior. Pasé de largo el camión y entré de nuevo al edificio por la siguiente puerta. Cual niño en carrousel, mi maleta parecía divertirse dando vueltas en la banda. Talvez por eso, como papá de niño en carrousel, sonreí en cuanto la ví.
Con recobrados ánimos esperé el próximo autobús a la terminal D. Unas jocosas señoras de apariencia sumamente estadounidense abordaron junto conmigo, y minutos después un hombre y una muchacha. Contando las macabras historias que esa noche traía al Dallas-Fort Worth International, al llegar mi turno los demás no pudieron hacer más que reir, y yo también me reí.
- Ok, entonces ya no puedo quejarme- dijo la chica esbozando una sonrisa.
- No cabe duda que siempre que uno piensa que la está pasando mal hay personas que la están pasando peor – Dijo en un tono misericordioso y sincero la más extrovertida de las mujeres.
Si, ésta vez yo era el consuelo. Pero de alguna manera lo tomé también con gusto. Hasta me agradó hacer sentir mejor a los demás.
Las señoras tenían reservación en el hotel, no así un servidor. Como era de esperarse las habitaciones estaban completamente ocupadas y no había manera de rentar una. La mujer se despidió de mi, dió unos pasos, se volteó y me dió un abrazo. Me retiré hacia el interior de la terminal y, reuniendo toda la serenidad y cordura que me quedaba, hablé de nuevo a mi casa:
- No encontré lugar. Voy a dormir aquí y mañana busco un vuelo. ¡Feliz Navidad! nos vemos mañana con el favor de Dios.
En una banquita, frente a las taquillas de American Airlines y las pantallas que anunciaban los vuelos, pasé mi nochebuena. Talvez no tan “buena” como lo marca el estándar comercial, pero me dió tiempo para pensar un montón de cosas con la parte aún activa de mi cerebro.
Pensar en aquellos que realmente están sólos en navidad. En aquellos que realmente no tienen un lugar donde dormir, aquellos por quienes no espera nadie en sus casas. No hubo falta que me visitara ningún fantasma de navidades pasadas o futuras para darme cuenta que mi vida esta llena de bendiciones y que si hoy pasaba un mal rato sólo debía resistir un poco más. Si hice corajes, si tuve ganas de llorar, de gritar o de desquitarme con los empleados que ninguna culpa tenían y que por lo general trataban de mostrar su mejor cara. Ellos también estaban pasando una navidad difícil, atendiendo a cientos de enfurecidos viajeros que olvidamos que el verdadero propósito de la navidad está en recordarnos el amor de Dios, mismo que debemos mostrar unos para con otros y no sólo cenar en una fecha específica con nuestra familia. Recordé aquel pasaje de las enseñanzas de Jesús: cuán fácil es dar amor a los que ya nos aman. Lo que verdaderamente haría la diferencia sería darlo a aquellos que no conocemos, a aquellos que nos dicen que el vuelo ha sido cancelado por tercera vez, a los que ni siquiera celebran la navidad. En el espejo de una solitaria navidad pude ver reflejadas todas estas realidades, darme cuenta que hay cosas que debo cambiar y cosas en las que llevo un buen camino. Escribí la mayor parte de esta historia esperando mi último vuelo, llevando en las maletas una más de esas experiencias inolvidables que este año que termina tuvo al por mayor.
Como casi todas las buenas historias, esta tuvo su final feliz. Llegué a Chihuahua el 25 en la noche, con dos horas para celebrar la navidad, regalos por repartir y una amorosísima familia que me abrazó hasta que se acabaron las fuerzas y que pospuso la cena por un día. Pocas veces me he sentido tan feliz de estar en casa. Que tonto, siempre debí sentirme así de feliz.





