La primera vez que jugué llegué hasta el final del primer nivel y cerca del mismo había otro de los encapuchados, parecía esperarme. Cuando me senté en el altar que abre las puertas de la siguiente área, se sentó conmigo. Entrando a la siguiente etapa, el otro comenzó a avanzar y a indicarme, tan explícitamente como sus movimientos y su pequeña señal podían, el camino que debía de seguir. Pensé que era un tutorial del juego, con lo de moda que está el considerar al videojugador como un completo idiota, pero sabía que podía esperar más de ThatGameCompany. No, sus movimientos no eran orquestados. Tenían dirección y objetivos claros, pero también un cierto grado de torpeza involuntaria y de consideración para conmigo cuando no podía seguirle del todo. ¿Acaso había alguien más jugando en MI jornada? Mi actitud se tornó un tanto altanera, como dirigida por un “¿qué te hace creer que sabes más que yo sobre éste juego”. Por unos niveles me convertí en un discípulo engreído y terco.
No lo había notado, pero los ropajes del otro brillaban un poco más cuando nos acercábamos a las fuentes de magia. Seguir sus pasos me llevaba por caminos que traían buenos frutos, si bien no eran los que yo quería transitar siempre. Pero continué por su senda porque en su silencio el otro parecía indicarme que era importante que lo siguiera de cerca y viera por mí mismo que realemente era lo que me convenía. Cuando ya estaba un tanto convencido de ello llegamos a un mundo submarino. Ahí, después de un ataque de los dragones marinos, lo perdí.
Traté de buscarlo por unos instantes, pero la vigilancia continua de los monstruos no lo hacía fácil. Decidí que debía proseguir, pues al fin tenía la libertad que siempre anhelé en secreto. Es curioso, pues siempre la tuve. Nada en lo absoluto me obligaba a ir detrás de el otro. Escapé por muy poco de las enormes criaturas y de nuevo me encotraba otra vez frente a un altar. Un poco más libre si, pero también un poco más solo. La titilante noción de que ahora no sabía por donde continuar me inundaba como por espasmos, aunque éstos también fueron decayendo. Los sobrepasó el afán de la aventura.
Entré a la torre. Ahí encontré de nuevo al extraño. O eso creía yo, hasta que los pequeños detalles volvieron a desmentirme. Era alguien distinto, sus ropajes brillaban con la misma intensidad que los míos y su paso era más bien como del que se aventura a lo desconocido, no como los del que guía. Lo seguí – o nos seguimos – hasta el piso superior de la torre, entre los animales mágicos y las fuentes de poder que nos elevaban con gracia por aquel paraje olvidado.
Llegamos juntos al pié de la montaña. El camino se tornó hostil, más que nunca durante la jornada. Aprendimos juntos que debíamos resguardarnos de la helada ventisca detrás de las rocas y los vestigios de las ruinas y esperar a que se calmara para continuar nuestro paso. Cruzamos un área infestada por los temibles dragones, que ahora volaban sobre nuestras cabezas, corriendo entre los encondrijos que las ruinas involuntariamente dejaron para nosotros. Uno de ellos nos desubrió, pero logramos escapar a su ataque por muy poco y correr más allá de su alcance. Atravesamos los restos del castillo, la última barrera entre nosotros y la montaña. Seguimos escalando entre la inclemente tormenta de nieve. Seguimos hasta que no pudimos más. Aún estábamos juntos, y juntos caímos en la nieve sin fuerzas.
Parecía tan cercano el momento en que emprendí el viaje. Desde mis inicios en el desierto aquella montaña había estado observándome, retadora e imponente, invitándome a llegar a ella cada vez que partía el horizonte con su majestuoso porte. Ahora estaba tirado, tan cerca de la meta, con las enseñanzas de mi mentor y las fuerzas de mi compañero pero sin poder seguir.
De repente, los seres mágicos aparecieron. Aquellos que vi en visiones cada vez frente al altar, los que me vagamente me decían que mi búsqueda tenía un propósito. Me miraron y de pronto la energía volvió a mí como una explosión. Mis ropajes cobraron un brillo y poder que superaba a cualquiera que antes yo les hubiera notado. Como cohete, fuí catapultado por ese mismo poder por encima de la tempestad, por encima de los dragones, por encima de la derrota. Cuando abrí los ojos estaba sobre las cimas de la cordillera. Recordé ese reconfortante sentimiento que te alcanza cuando, desde la ventanilla de tu avión, vez que las nubes por arriba son tan encantadoras y apacibles que se te olvida que por abajo eran furiosas bestias oscuras amenazando con echarte abajo. Aquí todo era claro y prístino. El sol resplandecía sobre la nieve y los animales danzaban a mi alrededor, guiándome en mis últimos pasos antes de llegar a la meta. Mi amigo ya había llegado a la cima y me estaba esperando. Juntos caminamos hacia la luz.
Ése es un relato de mi primer playthrough de Journey. No tenía que ser específicamente así. El juego está contruído para que cada jornada sea, aún cuando recorres los mismos caminos, una aventura distinta que puede incluso llevarlos, si se dejan, al interior de ustedes mismos. Si tienen la oportunidad no dejen de checarlo.










