Journey es el tercer título de ThatGameCompany, un pequeño estudio que paso a paso se está haciendo de un buen nombre en la industria con sus minimalistas obras de arte. De hecho, si es por algo que empecé a esperar la salida de éste juego es porque su antecesor, Flower, es un exponente perfecto de cómo un videojuego puede ser más que una manera burda de matar el tiempo.
Es irónico que rompa un silencio tan largo en el blog con una reseña de Journey porque, verán, el juego no tiene una sóla línea de diálogo. Aún así, demostrando la maestría que han adquirido en narrar el proverbial monomito, ThatGameCompany logra llevarnos por una historia tan universal y vívida como la que más, en los abstractos y puntiagudos pies de nuestro enmascarado personaje. Ahí reside una de las principales fortalezas del juego: todos los símbolos, los acertijos, los paisajes e incluso las mecánicas de juego estan confabuladas en llevarnos de la mano por la experiencia, todo tiene un muy claro y bien establecido porqué. El juego no se desvive en explicaciones de naturaleza narrativa, no. Se desvive en acernos querer experimentar, completar la jornada y ver qué es lo que nos espera al llegar a la meta, en forma de una portentosa montaña que de principio a fin se incrusta en el subconciente del jugador. Nada de eso es casualidad, sino producto de un buen diseño.
Es también un deleite encontrar que sobre un esqueleto tan simple pero tan funcional y pulido como el de Journey se monte un arte de tan grande calidad. Desde el infinito mar de arena hasta las nevadas cumbres la jornada nos lleva a lugares de hermosa e impactante apariencia, dignos del más fantástico cuento de hadas. Pero no se quedan ahí, en simplemente ser algo bonito que ver. No, más allá de ser parajes por los cuales poder caminar, los escenarios de Journey se sienten vivos. Con los sutiles acertijos, con los retazos de tela de todos tamaños que a veces fungirán como organismos, como transporte o como edificios, con la voluntad del viento que hace bailar la bufanda que nuestro protagonista va tejiendo a lo largo del camino, con las fantásticamente animadas dunas. En un punto, durante el segundo “nivel” mi cerebro tuvo que detenerme un poco para admirar la toma que el juego me regalaba, mientras me deslizaba sobre la arena entre las ruinas de una ciudad palaciega abandonada.
Como clara e inteligentemente indica su título, Journey no es un juego para “acabarlo”, sino para apreciar el camino que nos lleva al final. Una jornada completa no le tomará al novato más de 2 horas (2 horas y media a lo mucho). Cuando se alcanza la cima, aún cuando mayormente sabes qué esperar, te entran unas ganas de volver a ese mundo mágico de inmediato. Como el infame adagio de las papas, no podrás jugarlo sólo una vez. Quedan cosas por explorar y pequeños descubrimientos por hacer, pero realmente no necesitas la mente de un videojugador obsesionado con tener los 151 pokemons para que Journey te atrape. Sólo se requiere un arte increíble, una dirección musical excepcional y una poderosa y sencilla historia que toma prestado de las fábulas de antaño y con la cual todos nos podemos identificar en menor o mayor medida.
Como si no fuera suficiente, existe un factor que le da todo un nuevo giro a cada jornada: la gente que nos encontramos. Éste es uno de los multijugadores más originales y bien ejecutados que he visto jamás. Encontrarse con otras personas (jugadores reales, cabe mencionar) que atraviesan las mismas pruebas y dificultades que tú es a la vez reconfortante y retador. Uno no puede comunicarse sino a través de una pequeña señal audiovisual (similiar a la de un sonar) que nuestros personajes pueden emitir. Aún así, es posible transmitir tus ideas, intenciones y consejos a una persona que puede estar del otro lado del mundo y que muy probablemente nunca conocerás como si se tratara de alguien que está ahí en tu sala, tu cuarto, o donde quiera que jueges. Mi pequeño relato del post anterior es sólo un ejemplo de las muchas interacciones que pueden suceder y de lo único que cada jornada puede sentirse gracias a éste sencillo aspecto.
En resumen, es fantástico. Mi única queja es que el precio podría parecer un poco elevado para la cantidad de gameplay que el juego ofrece. Para alguien que lo sepa apreciar sin duda será justo (o incluso barato), pero podría ser detrimento para aquellos que aún dudan en adquirirlo. Mi consejo es que lo prueben en cuanto sea posible y sabrán que son de los 15 dólares mejor invertidos en la industria de los videojuegos de hoy en día. That Game Company se empieza a consolidar como un estudio notable, habrá que ver que nos presentan la próxima ocasión.
Y sí, en algún punto mientras escribía esta reseña estaba escuchando Don’t stop believing.












