En el limbo

Mi mamá iba de prisa, llevaba las bolsas en la mano. Basura reciente, un tanto menos desagradable que el desperdicio viejo – el que ya crió gusanos y podredumbre -. Mi papá desde el cuarto acertó en comentar: “deberías dejarla, si la tiramos debe seguir allí“. Tras ver que aún quedaba algo de esperanza y un tanto más de determinación en mis ojos, mi madre me preguntó si entonces yo me deshacía de la bolsa, cuando mi búsqueda arrojara un resultado contundente. Le dije que sí y se fué.

Empecé a esculcar entre los despojos. Un paquete de roles, una cáscara de plátano, una caja de cartón abierta. Toda ella basura común, la que desprende ese olor ácido y nauseabundo imposible de identificar que a pesar de su naturaleza no puede orillarte al vómito de inmediato. Mis esfuerzos no progresaban.

Tomé una bolsa de plástico nueva, pequeña y verde, y la convertí cual gran artista de la ilusión en guante. Pude urgar un poco más allá, voltear y tocar el fondo de la bolsa tras vacilar – es donde ya se empieza a juntar el infame juguito -. Nada.

Mi padre y su sapiencia oportuna arrojaron otra frase hace unos minutos: “Agarra una bolsa del mismo tamaño y empieza a mudar la basura”. Localicé el montón de las bolsas grandes y comencé el nada envidiable trabajo. Ya tenía algunos desechos desperdigados en el piso de la sala, así que comencé con esos.

A medio camino, un paquete de Barnes & Noble envuelto en un aire de corazonada. Lo trasladé a su nueva casa. Lo volví a sacar. Indagando en su interior descubrí una bolsa negra más pequeña, y dentro de ella, entre papelitos y pedazos de plástico, el objeto de mi expedición. Encontré la mitad superior, separada de su contraparte por una rasgadura. Creí muy cómico hallar, después de todo el trabajo, sólo la parte que no me sirve. Pero unos segundos después di con el otro extremo. Ahí estaba, mi tarjeta de 20 dólares para la Playstation Network. Planeo comprar Limbo con ella más tarde.

Lección 1: Me puse a pensar un poco en la gente se dedica ésto para vivir. No debe ser nada cómodo…

Lección 2: Siempre hay esperanza, aunque estés sumergido en la basura.

 

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