Nunca entendí porque se celebra el inicio de la lucha de independencia. Talvez por la resonante fuerza del símbolo guadalupano, talvez por la repulsión hacia nuestro primer y magnánimo emperador (clara efigie y funesto profeta de nuestra clase política que toma ventaja en cuanto resulta posible), talvez por cualquier otra razón que escapa a mi limitada mente. Sean 200 o 179, México sin duda se encuentra frente a una fecha clave.
Ya no es un bebé post colonial que añoraba la teta de la madre España. No es aquél niño en busca de una figura paterna unificadora, Santa Annesca, Juarecina o Porfiriana. Lejos está del adolescente revoltoso y caudillero, del joven univesitario y filósofo de Vasconcelos. Resulta fácil, bajo esta misma analogía tan simple, ubicarlo como un joven adulto para el cual el neoliberalismo acaba de pasar de moda (mas no sus consecuencias) y se enfrenta a un mundo real y más hostil que lo que recordaba.
Ya no somos un niño simpático, cuyas graciosadas son pasadas por alto entre risas y pequeñas reprimendas. Dejamos de ser el barato del mundo, el consentido de las super potencias y el gigante de Latinoamérica. El planeta se ha hecho muy pequeño y nuestra competencia no son Guatemala o Panamá, son todos. Un montón de países como China e India que han sabido explotar sus ventajas competitivas (de maneras muchas veces cuestionables, sin embargo) nos comieron el mandado y nos hemos quedado muy por detrás de nuestro potencial. Aún así, el principal conflicto no yace en el lejano oriente, ni siquiera en el vecino del norte. Reside dentro de sí mismo.
Para nadie es oculto que la situación actual de México es intolerable. El país sufre una crisis que decadas de actitudes permisivas, políticas retrógradas y gobiernos corruptos gestaron con más dedicación que una madre. La olla de presión explotaría pronto y mientras que todos hacen de Calderón el chivo expiatorio perfecto (hasta por chaparrito) la verdad es que el país ya estaba bajo el control de los narcotraficantes, sólo que sin tanta halaraca ni violencia. Su guerra contra el narcotráfico no ha resultado ser más que un paso con la intención correcta y todo lo demás equivocado.
No me estoy pronunciando en contra del combate al narco, todo lo contrario. Pero el frente de batalla es otro muy distinto. De la misma manera que no se trata de arrancar un árbol hoja por hoja, la raíz del problema no esta en las trincheras, sino en las casas. En las calles atestadas de jóvenes ociosos que ven en el comerciar drogas un camino fácil o que, en los casos más tristes, ni siquiera saben que hay otros caminos. En nuestra enmascarada naturaleza que permite que un páis que sangra y llora por un lado le cante y le baile a los narcos por el otro. En un gobierno que se olvidó del pueblo y en un pueblo que se olvidó de su inalienable poder, hipnotizado a voluntad propia por nuestros refinados medios de comunicación, por el futbol y por cuantos demonios le persigan.
Durante éstos dias se desató una controversia entre Aleks Syntek, a quien la infame maquinaria propagandística de Televisa insiste en coronar como el genio musical más grande nunca antes nacido, y cientos de personas que a través de twitter y otras tantas redes sociales mostraron su disgusto ante el supuesto Himno del Bicentenario que el muchacho tuvo a “bien” “componer” (no, no sobran las comillas), titulado El Futuro es Milenario. He ahí el porque del título de esta entrada.
No tengo nada en contra de Syntek, incluso algunas de sus canciones me gustan. Pero su último fruto creativo es un triste ejemplo de como nos gusta hacernos tontos a nosotros mismos, ignorando los problemas hasta que están más allá de nuestro alcance y sólo podemos ocupar el papel de las abnegadas víctimas de nuestra “mala suerte”, deporte nacional por excelencia. Es más, aunque la canción hubiera estado buena, estaría fuera de lugar. Con lástima y un poco de risa recuerdo el argumento de alguno de los representantes de semejante empresa: “Pues que critiquen, y el que no quiera festejar que no festeje“, al más puro estilo “mexicano” de Los Tres García.
No Televisa, no te preocupes. No vamos a dejar de festejar, está dentro de nosotros y por más que nos guste traicionarnos no abandonaremos la oportunidad de armar un relajo por cualquier cosa. No necesitamos de tu siempre útil lavado de cerebro al que tienes acostumbrada a una población que cree que está cerca del mundo y de la ciencia porque en su novela de las 10 hay un “clon¨que vive en “Arabia”. Por lo que deberías preocuparte es porque Tv Azteca está cortado con la misma tijera y no tardarán en hacer su propia canción con algún artistucho reciclado de la academia y entonces caeremos en el infranqueable dilema de no saber cual es el himno “oficial” del bicentenario. Háganme el favor. Lo que necesitamos no es una canción oficial. México no es un nuevo detergente que necesite un jingle para pegar y que lo compre la gente.
México necesita de gente que esté dispuesta a cambiar. Necesita abandonar tantas idolatrías autodestructivas (que si tal artista se peleó con su tercer ex-esposa, que si nunca ganamos la copa Libertadores), necesita dejar de pretender ser un país primer-mundista que aprueba leyes controversiales como el matrimonio gay. La más reciente aventura de nuestro honorable congreso es más un pleito de comadres patieras orquestado con el fin desviar la atención del público que un honesto intento por defender algún derecho humano. Aún quienes estan a favor de esa propuesta, por progresistas que se pinten, deberán reconocer que es una iniciativa carente de todo contexto social y cultural.
México necesita más temor de Dios y menos temor a pensar. México necesita cobrar conciencia de sí mismo. Al llegar a cierta edad, los cumpleaños dejan de servir sólo para celebrar y comienzan a ser una buena oportunidad para el autoanálisis, para valorar en donde nos encontramos, a dónde queremos llegar y qué camino nos llevará allí. El caso del país es exactamente el mismo. En las manos nos quedan menos motivos por celebrar que problemas que enfrentar. No podemos ignorarlos, no debemos ignorarlos.
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Muy buena entreda, y pues lamentablemente las “soluciones” a estos problemas se conocen “de toda la vida”, pero como siempre, jamas se aplican como debiera. Aun asi, me da gusto que he podido conocer personas (Mexicanos) que me hacen tener un poquito de esperanza entre tanto relajo. Saludos.