Around the world

En aproximadamente 16 horas emprendo otro viaje. Probablemente el más extremo que he hecho en mi vida.

-¿Cómo? – Se pregunta el nunca despistado lector – Si de por sí este sujeto ya ni escribe por todos los viajes ridículos a lugares extraños que se avienta, ¿cómo va a ser otro MAS extremo? -

La extremidad radica tanto en el destino como la trayectoria. Pero primero, un poco de background.

Durante éste semestre me uní a un grupo de alumnos (y dos profesores) cuyo fin es el de participar en el concurso de microrobótica de la NIST. Un proyecto ambicioso dadas las circunstancias de los laboratorios en la universidad y la incapacidad que teníamos para producir nuestros propios prototipos debido a faltas de material y demás. Cosas como mandar a fabricar nuestros robots a Alaska y la increíble humedad del ambiente aquí se juntaron para que al final no pudiéramos crear un microrobot lo suficientemente estable y controlable como para competir, pero eso no nos impidió aplicar para , gracias al patrocinio de la universidad, asistir al congreso que se hace alrededor de la competencia y probar nuestros diseños aún cuando no compitamos por un lugar (recuérdenme platicarles de los microrobots en otro post, son muy interesantes).

Anchorage, alaska

El evento de éste año se realizará en la ciudad de Anchorage, Alaska. Ése es mi destino extremo. Una ciudad donde la noche apenas y dura unas horas mientras más cerca esté el verano y que seguramente destemplará a mi pobre cuerpecillo acostumbrado al calor del desierto. Ahí pasaremos del 2 al 9 de mayo entre el hielo y la microtecnología.

La otra parte extrema radica en que para llegar a ese lugar, prácticamente situado en el extremo contrario del globo, lo haremos por las ciudades de Doja (Qatar), Hong Kong, Tokio y Seattle. Y cuando nos despidamos por fin de la última frontera viajaremos por Chicago, Frankfurt, Amman (Jordania) y de regreso a Jeddah, cumpliendo exitosamente una vuelta completa a nuestro bello planeta en menos de dos semanas.

¿Extenuante? Seguro lo será. Pero no la pensaría dos veces ante semejante posibilidad.

Taj Mahal

Salir de Delhi fué toda una odisea. Entre la desvelada, el desayuno de dudosa procedencia y el nunca menos horroroso tráfico cubrir una distancia de 200 km nos tomó aproximadamente 6 horas y tanto nuestros nervios como nuestros cuerpos estaban destrozados por el viaje. Lo único que pedíamos era “home”

En el camino, sin embargo, nos topamos con una construcción más del ahora para nosotros famoso emperador Akbar quien aparentemente edificó la mitad de la India en la época mogul. Era su tumba lo que contemplábamos, un edificio imponente de cantera y mármol con la gala requerida para tan digno mandatario. Y sin embargo, en toda la mundana gloria que pudo vivir Akbar a mis ojos ninguna de sus obras alcanzó el esplendor de lo que uno de sus descendientes construiría a tan sólo unos 10 kilómetros.

Su nombre al ascender al trono era Shah Jahan, otro de los emperadores mogules bajo el cual India viera una época dorada. Su tercera esposa, Mumtaz Mahal, se volvió su favorita pues según lo que nuestro guia en turno pudo articular con su no tan diestro inglés era con la única con la que no se había casado por compromiso sino por puro y simple amor. Fruto de ese amor fué su muerte, pues falleció al dar a luz al décimocuarto hijo del monarca. Fruto de ese amor fué también un mausoleo cuya majestuosidad le hizo acreedor al título de “maravilla del mundo moderno”.

Como homenaje póstumo y humilde tumba Shah Jahan construyó el Taj Mahal en Agra, la ciudad natal de su esposa. Taj es corona, Mahal, palacio. Y ciertamente es la corona de la construcción indomusulmana, pues su sola vista es un fenómeno impresionante. Esculpido enteramente en mármol blanco en un nivel de detalle que raya en lo obsesivo, el trabajo artesanal involucrado explica su radiante belleza y el porqué tomó 22 años en ser completado. En las paredes, diversos dibujos de flores y demás motivos ornamentales hechos sólo con piedras preciosas finísimamente talladas añaden a la sensación de bastedad y solemnidad que el Taj proyecta. También ayuda el hecho de que los visitantes deben remover su calzado para evitar dañar el piso de mármol.

Por fuera, el secreto ingeneril reside en que aún cuando las torres a su alrededor aparentan estar derechas realmente están inclinadas hacia el exterior para que, en caso de algún siniestro tal y como un terremoto, dichas torres cayeran hacia afuera y el edificio principal no resultara afectado. Hay además a cada costado del Taj Mahal dos construcciones idénticas que fungen como casa de huéspedes (a la derecha) y como mezquita (a la derecha)

Ahora, lo que nunca cuentan las fotos es lo que hay por dentro. En parte porque está supuestamente prohibido dado que por más suntuoso que sea el lugar sigue resguardando dos cuerpos muertos (curioso que la única maravilla del mundo antiguo que sigue en pie es también, en su concepción más básica, una tumba). Aun a pesar de la prohibición la gente sigue tomando fotografías, pero el otro aspecto es que la parte de adentro es mucho menos impresionante excepto por un curioso efecto óptico. En la oscuridad del interior, los guías iluminan con sus pequeñas lamparitas las secciones rojas de los dibujos en las paredes pues la piedra con que están hechos posee la curiosa característica de propagar la luz através de todo el sólido aunque sólo una pequeña parte de él esté iluminado. La que en aquella época fuera llamada la piedra del fuego es ahora una excelente excusa para asombrar turistas y exigir una jugosa propina.

Después de un agotador día y el acoso de los clones de los niños de Slumdog Millionare con su marejada de baratijas, un café y un mucho mejor hotel nos aguardaban para reponernos del cansancio y ayudarnos a continuar el viaje que empezaría muy temprano al día siguiente. Esa tarde en Agra había valido ante nuestros ojos el viaje a India, pero poco sabíamos de todas las cosas que encontraríamos unos días más adelante.

India

“A Magical Mystery Tour”. El cuarteto de Liverpool no pudo ponerlo en mejores palabras, pues un viaje al subcontinente indio será cuando menos revelador y por lo más inquietante, distinto y maravilloso. India es sin duda mágico. Un lugar que te enfrenta a la condición del hombre, a lo sublime y lo vulgar, a lo místico y lo mundano, al ayer, al hoy y al mañana. Lo antiguo y majestuoso conviven con lo palpitante  y orgánico en una compleja danza de colores, música, sabores, aromas y palacios; talvez no de la manera más armónica pero sí con la desgastada exactitud que dan siglos y siglos de experiencia. A veces espeluznante y a veces hermoso, India es un festín de sensaciones que lo último que puede dejarte es indiferente.

Nuestra visita comenzó por Delhi, la capital. En realidad inició en Mumbai (antes Bombai) pero tan sólo unas cuantas horas en el aeropuerto no justifican una introducción propia. El corazón político de India se siente justamente como un órgano vivo, muy distante de la formalidad de las metrópolis europeas o la sobriedad de las ciudades norteamericanas. Delhi vibra en cada rincón, pues 14 millones de personas no dejan espacio a la soledad. Siempre se está rodeado de gente y no me refiero a unos cuantos. Caminar por las calles es nadar entre un tumulto, y no se diga manejar. La dinámica de conducir un vehículo en Delhi (y prácticamente en cualquier lugar de la India) va mucho más allá de manejar a la defensiva. Se debe crear una estrategia que te permita usar los carriles contrarios, rebasar indiscriminada y violentamente, preveer los movimientos de diez carros a la redonda y todo eso con la menor cantidad de freno posible. En un acto de prestidigitación genuina sacaban 3 carriles de dónde sólo había medio, y nosotros vimos pasar “la película de nuestras vidas” tantas veces que como dijera Valenzuela: “al final hasta me aburría”. La ciudad está llena de contrastes. Por un lado está el asombroso barrio de las embajadas y los poderosos complejos de las empresas de tecnología cuya presencia es fuerte y creciente, y por el otro están la gente que duerme en las calles, cocinando su comida en ollas sucias junto a perros y vacas. Ah, las vacas. TODOS los mitos alrededor de las vacas en India son ciertos. De hecho, lo mejor que te puede pasar en ese país es ser vaca. Caminan por la calle despreocupadas haciendo su bovina voluntad, pues la gente las respeta más que a los peatones mismos. Estuvimos decenas de veces cerca de atropellar a algún sujeto, pero nunca a una vaca.

Obviamente no se las comen. El 80% de la población de India es de religión hinduísta, la cual les indica que su régimen alimenticio debe ser estrictamente vegetariano. Ese fué una de las primeras curiosidades culturales, pues prácticamente todos los restaurantes tenián un menú doble, separado por vegetariano y no vegetariano. Y aún así, los platillos jamás contienen carne de res. No tienen problema alguno con el pollo, pescado o incluso el puerco. Faras, un compañero de Bahrain quien es docto en conocimiento hindú gracias a Bollywood fué con nosotros y nos platicaba que por lo general tienen matanzeros musulmanes o de alguna otra religión para poder satisfacer la demanda de los clientes internacionales. Al decir de alguna otra religión no crean que es un catálogo estrecho del que se puede escoger. En India le van a todo y puedes encontrar los templos y religiones más bizarras y peculiares entre la enorme variedad que ahí comulga. Además de los ya mencionados hay budistas, cristianos, sikhismo y bahaismo entre otras tantas (si no conocen las últimas dos están perdonados, yo las fuí a descubrir allá). En efecto, el centro religioso más importante del bahaismo se localiza en esa ciudad y es conocido como el templo de la flor de loto, una construcción impresionante que recibe a 3.5 millones de visitantes en promedio al año.

Sin embargo, ese no es para el templo o la construcción más impactante de Delhi. Los templos de los Sikh y sus cúpulas recubiertas de oro puro, los vastos y extraños templos hinduístas, y los castillos que dejó la época  de los emperadores Mogules le dan a la capital un aire majestuoso e imponente, similar en magnitud pero diametralmente opuesto al de Washington DC (cuya religión predominante es el patriotismo desmedido). Son precisamente los emperadores mogules, musulmanes que conquistaron India por allá del siglo XV y XVI, quienes son culpables de adornar la india con los monumentales fuertes, castillos y templos que evocan la época dorada del imperio Persa. En Delhi se encuentra el Fuerte Rojo, un enorme bastión militar que también servíá de fantástica mansión al emperador Akbar, bajo el cual India tuviera una etapa muy próspera. Los vastos jardines y los palacetes de mármol puro con incrustaciones de piedras preciosas nos dan una idea de la obscena opulencia en la que éstos gobernantes vivián y nos dejan un testimonio magnífico de una porción de la historia mundial que para mí (y para muchos) había permanecido tristemente oculta.

Más de ésta historia esta encerrada en el mítico Qutub Minar. Una asombrosa torre erigida para simbolizar la flor de loto (no se sorprendan, ahí la flor de loto es la ley) y que funcionaba como el reloj de sol más grande del mundo. Creada en el corazón de un antiguo templo hinduísta, Qutub Minar fue apropiado por lo conquistadores musulmanes como el menaret más ostentoso de la época y aún hoy se levanta como otro de los tantos testigos de las glorias pasadas de India. En el mismo aire imponente, pero moderno, se hace presente la puerta de India. Una construcción en honor a los “soldados desconocidos” de las muchas guerras que el país ha atravesado que hace más una copia que un homenaje al arco del triunfo, pero que no deja de relucir y atraer a los ociosos habitantes de Delhi para una tarde de esparcimiento en el parque.

Dos días no bastaron para conocer ésta increíble urbe. Faltaron muchas cosas por descubrir y aún cuando volvimos en dos ocasiones sólo nos sirvieron de base de operaciones para partir a los demás destinos del misterioso y mágico viaje. Y como yo sé que los dejé picados, ahí van unas cuantas fotos más: