Corría el año de mil novecientos noventa y algo (talvez hasta dos mil y algo). Yo, un jovencito que descubría las maravillas de tener una computadora personal nada más y nada menos que en su propia casa y en su propio cuarto. En esas épocas en las que internet era una aventura cartográfica al nivel del descubrimiento de américa, yo me re-encontraba con el mundo de los videojuegos en PC.
Siempre fuí un niño nintendo, pero mis inicios en el mundo de los videojuegos también están escondidos entre líneas de comando de MS-Dos. Recuerdo con claridad el Alley-Cat. Recuerdo que mi papá pensó que DOOM era un juego pornográfico cuando mis primos le explicaron que no me lo prestaban porque era para gente más grande. Recuerdo que le cobré una aversión muy grande al Príncipe de Persia por no dejarme pasar más de unas cuantas pantallas sin morir de alguna forma horrible y considerablemente gráfica para la época. Recuerdo días enteros pegado a uno de esos monitores gordos de color beige en mi afán por conquistar el mundo, turno por turno, en Civilization 2. Nunca fuí un completo PC-gamer, pero siempre supe que habría un hogar para mí ahí cuando decidiera volver.
Por circunstancias dignas de contar en otro post, me ví repentinamente en esa precisa situación al comenzar mi adolescencia. Sin consola, mi única dosis podía ser recibida a través de mi computadora personal de 4Gb de disco duro. En una etapa de no mucha liquidez, las revistas de computación y sus CDs con toneladas de demos y shareware eran un tesoro para el videojugador económico. De ese modo me topé con Jazz Jackrabbit 2, uno de mis juegos favoritos de la época. Hace muy poco descubrí que fué hecho por nada más y nada menos que por el creador de una de las sagas más influyentes de esta generación: Gears of War. También de ese modo pude probar unos minutos de un juego del que sólo había escuchado maravillas.
Era Final Fantasy VII. Las altas espectativas también eran personales, pues había disfrutado en sobremanera tanto del 4 como del 6 (2 y 3 para mí, pues Japón todavía estaba muy lejos en aquellos años como para andar aclarando nimiedades de numeración). Mientras que el concepto no me era ajeno, la ejecución si era una cuestión de total asombro.
El demo se centraba en el área de batalla del Gold Saucer. Para los que no lo conocen… ¿que estoy diciendo? Si no lo conocen vayan, juégenlo y 70 horas después vienen y me agradecen. En fin, estabas limitado a comenzar la batalla con un sólo personaje: alguien a quien unos enormes polígonos trataban de dar forma de un tipo con un traje de batalla de color morado, un peinado sumamente raro y una espada descomunal. Era conveniente que el demo se situara en esa parte, pues terminar toda la secuencia de 7 batallas con sus respectivos handicaps al finalizar cada una no era un tarea sencilla y te daba un buen reto para entrenerte (en especial vigilando la barrita de Limit Breaks, pues pronto se convertía en un aspecto de vida o muerte). “Si la pura muesta es tan buena, el juego entero debe ser genial” – me dije acertadamente a mi mismo.
Es por eso que en cuanto hubo una ocasión para pedirlo lo hice sin chistar. No recuerdo bien si celebraba algún final de clases con buenas calificaciones o un cumpleaños, pero sé que había un regalo que se me debía y que sería cobrado con un juego. Esa mañana, antes de irse al trabajo, le entregué a mi papá un papelito con el nombre del juego que quería. Cuando regresó traía un pequeño sobre cuadrado y dentro de él un CD, obtenido en la tienda de reparación de computadoras/software pirata situada a una cuadra de su oficina. Ya éramos viejos conocidos, ahí mismo me compraron el Age of Empires 2. Cuando me lo entregó, mi papá me relató más o menos la conversación que tuvo con el encargado:
- Mi hijo me encargó éste juego.
- Ah si mire, sólo que ese juego es muy grande y se necesitan 3 CDs para que quepa. A 100 pesos por disco le sale a 300.
Ahora recuerden que no había mucha solvencia. Sólo había un CD en el sobre. El título, escrito con marcador negro y una letra sorprendentemente buena para una cubierta de CD pirata, decía: Star Wars: Shadows of The Empire.
- ¿Y cuál otro juego me recomienda para alguien de su edad?
- ¿Le gusta la guerra de las galaxias?
- Uh si, mucho.
- Ah mire, éste está muy bueno y nomás es un CD. No se apure, le va a gustar mucho. Además el otro está muy complicado, ni le va a entender…
Entre una mezcla de decepción y genuino agradecimiento (pues si soy muy fan de Star Wars), recibí mi regalo. Ahora estoy consciente también de que mi papá tomó la mejor desición en términos de la familia, pero en ese momento yo realmente esperaba jugar Final Fantasy VII. No pude hacerlo sino hasta mi primer año de universidad, cuando volvió a ponerse de moda gracias al lanzamiento de Advent Children. Hasta ese momento me dí cuenta que mi decepción debió ser mayor, pues aún cuando Shadows of the Empire es un juego decente y si lo disfruté, me perdí de uno de los pináculos del género. Sobrevalorado si gustan, pero un título que todo amante de los JRPG debe jugar.
Y por supuesto que le hubiera entendido.